La presencia femenina en los sistemas agroalimentarios peruanos es mucho más relevante de lo que suele percibirse. Según el reciente informe de la FAO, cerca del 50% de la fuerza laboral en horticultura y fruticultura del país está compuesta por mujeres, consolidando su papel como un pilar esencial en la producción de alimentos.
Participación creciente y liderazgo joven
Mientras en otras regiones del mundo la participación femenina en el agro retrocede, en América Latina y especialmente en Perú ocurre lo contrario. Un dato clave: en el grupo de 15 a 24 años, la participación de mujeres en el sector agroalimentario supera a la de los hombres.
Las mujeres están presentes en toda la cadena productiva:
- Conservación de semillas
- Siembra y cosecha
- Transformación de productos
- Comercialización agrícola
Además, su rol se extiende a la preparación de alimentos en hogares y restaurantes, así como a la reducción del desperdicio, mostrando una versatilidad clave para el sistema alimentario.
Sin embargo, pese a su protagonismo, las mujeres enfrentan obstáculos estructurales que limitan su desarrollo. La desigualdad en el acceso a la tierra y a recursos productivos sigue siendo uno de los principales frenos.
Brechas persistentes y desafíos estructurales
Datos de la FAO revelan que, a nivel global, la productividad de las tierras gestionadas por mujeres es 24% menor que la de los hombres. En Perú, solo el 30% de los propietarios de tierras agrícolas son mujeres, una cifra que se mantiene prácticamente sin cambios desde hace más de una década.
A esto se suman otras barreras importantes:
- Limitado acceso a financiamiento
- Dificultades para acceder a recursos naturales
- Mayor exposición al cambio climático
- Carga de trabajo doméstico no remunerado
De hecho, las agricultoras dedican casi el triple de tiempo que los hombres a tareas de cuidado, lo que reduce sus oportunidades de capacitación, gestión y crecimiento económico.
Estas brechas no solo son un problema social, sino también una oportunidad perdida para el desarrollo del país.
Triple dividendo: económico, social y ambiental
Reducir estas desigualdades genera beneficios claros en tres niveles:
- Económico: Igualar la productividad entre hombres y mujeres podría aportar hasta 1 billón de dólares al PIB global, según la FAO.
- Social: Las mujeres reinvierten más en alimentación, salud y educación familiar, mejorando directamente el bienestar, especialmente infantil.
- Ambiental: El empoderamiento femenino impulsa prácticas más sostenibles y resilientes frente al cambio climático.
Un dato clave: un aumento de 1°C en la temperatura puede reducir hasta en 34% los ingresos de hogares liderados por mujeres, lo que evidencia la urgencia de actuar.
Hacia un futuro sostenible e inclusivo
El año 2026, declarado por las Naciones Unidas como el Año Internacional de la Agricultora, representa una oportunidad concreta para visibilizar y fortalecer el rol de las mujeres en el agro.
Entre las acciones prioritarias destacan:
- Mejorar la productividad agrícola femenina
- Garantizar el acceso y seguridad en la tierra
- Facilitar créditos, seguros y financiamiento
- Impulsar su participación en la toma de decisiones
- Reducir la carga de trabajo no remunerado
El desafío es claro: se necesita una articulación real entre Estado, sector privado y sociedad civil. Solo así será posible construir un sistema agroalimentario más justo, productivo y sostenible, aprovechando el potencial de quienes ya sostienen gran parte de la seguridad alimentaria del país.